LO CUENTA DOÑA MARIA PICAEBA, DE 102 AÑOS, EN HOMENAJE A TRELEW EN SUS 125 ANIVERSARIO: La querida vecina María Picaeba quiso rendirle homenaje a Trelew en su 125º aniversario, sentándose en su silla de cada mañana a la luz del sol y el rebozante cariño de su familia para contarle a EL CHUBUT, con la más asombrosa lucides e intensidad, uno de los testimonios más hermosos del transcurrir de nuestra ciudad a lo largo de 90 años.
María nació en Lobería, provincia de Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1909, hija junto a otros siete hermanos, de la entrerriana Rafaela Chaves y Antonio Picabea, español de la ciudad de Navarra. Dicen sus registros perfectamente indelebles en su memoria, que su padre fallece cuando tenía 6 años y después de otros tantos su madre toma la decisión de viajar a Chubut. Vale la pena la introducción.Tenía ella ya 12 años cuando se hizo a alta mar y llegó a Puerto Madryn en barco, para trasladarse 10 años a un campo de la familia Tolosa, en la zona de Punta Ninfa. Luego de esa vida ganadera, llegó la hora de Trelew, cuando tenía 22 y la ciudad 36, no por mucho, eran casi casi, de la misma edad.
EL HOGAR EN TRELEWAquí alquiló una casa en calle Urquiza, donde hoy se encuentra el pelotero Homero’s Party. Todo era campo, únicamente estaban los galpones del Ferrocarril (hoy Terminal de Omnibus) que eran unos talleres. La Ruta Nº 3 salía hacia Madryn, en ese entonces, por la calle Gales, bordeando parte de la Laguna Chiquichano, y del otro lado estaban las vías del tren, que venían de Madryn, cruzaba a Rawson y se iba hasta Las Chapas.
La única «gran mansión», así la describe la abuela, que había en ese momento en la ciudad, era el chalet del médico Varela Díaz, en Sarmiento y Ecuador, donde hoy funcionan oficinas de Empleo Municipal y un jardín. Era fastuosa, y aún lo es en su interior cubierto de paredones.
Dice la entrevistada en su riquísimo testimonio -seguimos contando en tercera persona para poner en contexto a la ciudad de antaño-, que entre las calles Ecuador, Colombia, Belgrano y Rivadavia, había un matadero y aún se acuerda de algunos corrales, como el que estaba en barrio Tiro Federal hasta hace unos 25 años.
De su vida laboral explica que trabajó de niñera, moza y mucama en el hotel Elicegui, en la esquina de 25 de Mayo y Belgrano; también el Hotel Touring y en el Pirámide, ubicado en España y Moreno.
LO QUE HABIA Y LO QUE FALTABASu infancia fue algo triste, con momentos felices. No lo esconde, porque a pesar de todo, «siempre estuve muy conforme gracias a Dios. Fui muy poquito a la escuela, una porque no me gustaba y otra porque había que salir de trabajar si querías vivir», recordaba.
Su relación con Trelew viene de dos hijos mayores que una vez emancipados se encontraban residiendo aquí, a los cuales visitó y terminó quedándose a conocer una nueva vida. En el Pueblo de Luis que conoció apenas llegada, «no había luz, había que andar con velas, que se hacían en la casas; no había agua corriente, sólamente en pozos naturales que con una soga y la rondana bajabas el balde y sacabas».
El transporte: Andaban los pobladores «todos con sulky (carro liviano tirado generalmente por caballos) y vagonetas (vagón pequeño y sin techo que sirve para el transporte de mercancías, por lo general en ferrocarril). Las galensas casi todas vagonetas», evocó, y por ejemplo, al hablar de la salud, relataba que en la localidad, «habían dos doctores nomás, el doctor Gallastegui y Margara (hermano del extinto Adolfo Margara), no había hospital, sólo una sala de primeros auxilios, enfrente a Querol», hoy Farmacias Patagónicas, en 25 de Mayo y Pellegrini.
LA FAMILIA QUERIDAPicaeba se casó a los 26 años con Bartolo Seimandi, de 29, con quien pasó 49 años de su vida, hasta que falleció. Con él tuvo a su única hija, Susana, a la que llama cariñosamente «Tuti». Llegaron después los nietos Natalio, Mauricio, y Fernando (médico residente en España); y los bisnietos Janette, Agustín y Santiago. Son todos ellos su adoración.
Su esposo, que fue transportista y más tarde ganadero -al adquirir un campo en Bajada del Diablo- era «muy bueno, muy serio, muy enérgico, muy trabajador. Eso sí, él no iba a hacer un negocio si no me consultaba a mí». Minutos más tarde le pedimos que recordara los bailes de la ciudad: «Ibamos a bailar al Teatro Español. No es como ahora, bailábamos, pero había que ir con alguien mayor, eso sí, nuestra madre no nos dejaba si no íbamos con una tía, una hermana mayor de edad. Había tango, foltrong, hermoso porque todo era como una familia», rememoró, reflexionando que «ahora la gente nunca tiene tiempo de nada».
De los carnavales ni hablar, la tenían encantada, porque «eran hermosos, todos eran como familia y se tiraban serpentina, los coches eran todos capot abierto, no como ahora, coches lujosos. Se disfrazaban... hay!, vos sabés, los corsos eran distintos, todo gente buena, de risa».
LA NUEVA TRELEWNo es la misma que conoció. Hoy reconoce, que no la conoce, porque «está tan grande..!. El centro no es ni la sombra de lo que era el centro, que rara vez veías pasar un auto», contó para finalizar la entrevista. Quisimos con el testimonio de la abuela María rememorar el contexto de Trelew a lo largo de nueve décadas, desde 1922. El relato fue generalizado y en algunos casos sin fechas exactas, para no abrumar en exceso a la entrevistada requiriendo esos datos que con tanta amabilidad nos brindó. EL CHUBUT le agradece infinitamente las deliciosas charlas que tuvo el honor de escuchar, y hoy de compartir con sus queridos lectores.
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