Por segundo año consecutivo, Cristina festejará el Día de la Madre con un nuevo integrante de la familia. Es que junto a su marido y a sus cuatro hijos decidió hacerse cargo de la tutela de Beto, un chico de 14 años con discapacidad visual.
A la hora de hacer la tarea la mesa del comedor resulta chica: las carpetas de Gian y Maia se juntan con el cuaderno de Adriel y ya casi no queda espacio. Aymará, de un año y ocho meses, ronda con sus juguetes. Cristina supervisa todo: hace cuentas, ayuda a resumir fotocopias, dicta, calca, dibuja, pinta.
Desde el año pasado, durante las tardes, Beto también es parte de esa mesa, y él tampoco escapa de la mirada atenta de Cristina, que hoy también recibirá su abrazo y su beso, aunque no los una la sangre sino la generosidad de un amor sin límites.
Gesto de amor
En realidad Beto no se llama Beto pero es el nombre que él eligió para poder contar su historia.
Como Gian, el hijo mayor de Cristina, Beto es un adolescente trelewense de 14 años con discapacidad visual, generada por una enfermedad que sufrió al ser un bebé prematuro.
Los padres de los chicos se conocieron en 1998, cuando Beto tenía siete meses. “A través del oftalmólogo de Gian supimos de la existencia de otro nene con el mismo diagnóstico y fuimos a conocerlo”, recuerda Cristina.
Ambas familias volvieron a cruzarse mucho tiempo después, y Gian decidió invitar a Beto para compartir su cumpleaños número nueve. Después el contacto se perdió de nuevo, hasta hace dos años.
“Cristina necesito tu ayuda”, pidió el padre de Beto por teléfono: su situación laboral lo iba a mantener fuera de Trelew pero quería que su hijo continuara en la escuela. “Con mi marido veníamos hablando de la posibilidad desde antes, porque supimos cómo estaba... El ritmo de un chico ciego es complicado si no estás acostumbrado: tenés que llevarlo, traerlo. Cuando le conté que me había llamado el papá de Beto mi marido me dijo “ahí está: nos salió”, contó.
El matrimonio y el papá de Beto acordaron que la familia se haría cargo del chico de lunes a viernes, y que los fines de semana estaría en su casa paterna. “De ahí ya no nos separamos más”, interviene Beto.
El cambio fue en septiembre del año pasado. “En ese momento él casi repetía de grado así que fuimos a ver a las maestras y les contamos que ahora éramos sus tutores y que queríamos sacarlo adelante”, recuerda Cristina. “Entonces hablé con él y le pedí que se pusiera las pilas y que yo lo iba a ayudar como pudiera. Dicho y hecho: pasó de grado y ahora no se lleva ninguna materia. Estamos todos muy contentos”, agrega.
Entre otras cosas Cristina tuvo que cursar el taller de Braille para padres para poder ayudar a Beto con su tarea. “Aprendí a hacer mapas y dibujos con relieve. Ahí tomé ideas y me iba ingeniando para hacer las otras cosas”, contó. “Yo soy muy estricta con la tarea, estoy encima y los acompaño en todo lo que puedo. Con mi marido lo único que les pedimos es que estudien. Trato de que no se atrasen, porque yo ya la pasé”, aseguró la mujer.
Para Cristina el trabajo de mamá es de tiempo completo: se despierta a las 6.30 para levantar a todos, acompaña a sus hijos a la escuela en colectivo, limpia la casa, vuelve a buscarlos, cocina, los ayuda con la tarea y prepara la cena. “Nosotros tenemos una rutina y Beto se tuvo que adaptar a nosotros, así que al principio fue brusco para él”, dice la mujer, mientras el joven asiente. “Antes yo estaba malhumorado, alunado. Ahora no soy el mismo. Y gracias a ellos yo salí adelante y no desaprobé ninguna materia”, dice el chico.
Inseparables, Gian y Beto se complementan: “Somos amigos, nos llevamos bien”, dice Gian, a pesar de que él es hincha de Boca y Beto fanático del Millonario. “Él es todo paz y Beto es un remolino, tenés que sujetarlo”, describe Cristina sonriendo.
Los chicos también comparten el placer de la música: Gian toca el bombo y dice que le gusta el folclore y el reguetón. Beto, en cambio, se declara partidario de la cumbia romántica y del teclado. Una de las actividades que Beto más disfruta es la materia Formación Ética y el taller de radio del Colegio 720, al que concurre durante la mañana. Y de la Escuela 511, gimnasia y música.
Una oportunidad
Este año la situación cambió porque el papá de Beto trabaja en Trelew y tiene su casa a una cuadra y media en el mismo barrio. Ahora el chico vive en su casa paterna y comparte las tardes con la familia vecina.
“Nosotros no hacemos esto para que el día de mañana él nos agradezca”, reflexiona Cristina. Y agrega: “No pensamos en nosotros sino en él. Yo quiero que pueda decir que tuvo alguien que lo acompañó para estudiar y lograr lo que quiera, porque es lo único que nosotros le podemos dejar”.
Desde el año pasado, durante las tardes, Beto también es parte de esa mesa, y él tampoco escapa de la mirada atenta de Cristina, que hoy también recibirá su abrazo y su beso, aunque no los una la sangre sino la generosidad de un amor sin límites.
Gesto de amor
En realidad Beto no se llama Beto pero es el nombre que él eligió para poder contar su historia.
Como Gian, el hijo mayor de Cristina, Beto es un adolescente trelewense de 14 años con discapacidad visual, generada por una enfermedad que sufrió al ser un bebé prematuro.
Los padres de los chicos se conocieron en 1998, cuando Beto tenía siete meses. “A través del oftalmólogo de Gian supimos de la existencia de otro nene con el mismo diagnóstico y fuimos a conocerlo”, recuerda Cristina.
Ambas familias volvieron a cruzarse mucho tiempo después, y Gian decidió invitar a Beto para compartir su cumpleaños número nueve. Después el contacto se perdió de nuevo, hasta hace dos años.
“Cristina necesito tu ayuda”, pidió el padre de Beto por teléfono: su situación laboral lo iba a mantener fuera de Trelew pero quería que su hijo continuara en la escuela. “Con mi marido veníamos hablando de la posibilidad desde antes, porque supimos cómo estaba... El ritmo de un chico ciego es complicado si no estás acostumbrado: tenés que llevarlo, traerlo. Cuando le conté que me había llamado el papá de Beto mi marido me dijo “ahí está: nos salió”, contó.
El matrimonio y el papá de Beto acordaron que la familia se haría cargo del chico de lunes a viernes, y que los fines de semana estaría en su casa paterna. “De ahí ya no nos separamos más”, interviene Beto.
El cambio fue en septiembre del año pasado. “En ese momento él casi repetía de grado así que fuimos a ver a las maestras y les contamos que ahora éramos sus tutores y que queríamos sacarlo adelante”, recuerda Cristina. “Entonces hablé con él y le pedí que se pusiera las pilas y que yo lo iba a ayudar como pudiera. Dicho y hecho: pasó de grado y ahora no se lleva ninguna materia. Estamos todos muy contentos”, agrega.
Entre otras cosas Cristina tuvo que cursar el taller de Braille para padres para poder ayudar a Beto con su tarea. “Aprendí a hacer mapas y dibujos con relieve. Ahí tomé ideas y me iba ingeniando para hacer las otras cosas”, contó. “Yo soy muy estricta con la tarea, estoy encima y los acompaño en todo lo que puedo. Con mi marido lo único que les pedimos es que estudien. Trato de que no se atrasen, porque yo ya la pasé”, aseguró la mujer.
Para Cristina el trabajo de mamá es de tiempo completo: se despierta a las 6.30 para levantar a todos, acompaña a sus hijos a la escuela en colectivo, limpia la casa, vuelve a buscarlos, cocina, los ayuda con la tarea y prepara la cena. “Nosotros tenemos una rutina y Beto se tuvo que adaptar a nosotros, así que al principio fue brusco para él”, dice la mujer, mientras el joven asiente. “Antes yo estaba malhumorado, alunado. Ahora no soy el mismo. Y gracias a ellos yo salí adelante y no desaprobé ninguna materia”, dice el chico.
Inseparables, Gian y Beto se complementan: “Somos amigos, nos llevamos bien”, dice Gian, a pesar de que él es hincha de Boca y Beto fanático del Millonario. “Él es todo paz y Beto es un remolino, tenés que sujetarlo”, describe Cristina sonriendo.
Los chicos también comparten el placer de la música: Gian toca el bombo y dice que le gusta el folclore y el reguetón. Beto, en cambio, se declara partidario de la cumbia romántica y del teclado. Una de las actividades que Beto más disfruta es la materia Formación Ética y el taller de radio del Colegio 720, al que concurre durante la mañana. Y de la Escuela 511, gimnasia y música.
Una oportunidad
Este año la situación cambió porque el papá de Beto trabaja en Trelew y tiene su casa a una cuadra y media en el mismo barrio. Ahora el chico vive en su casa paterna y comparte las tardes con la familia vecina.
“Nosotros no hacemos esto para que el día de mañana él nos agradezca”, reflexiona Cristina. Y agrega: “No pensamos en nosotros sino en él. Yo quiero que pueda decir que tuvo alguien que lo acompañó para estudiar y lograr lo que quiera, porque es lo único que nosotros le podemos dejar”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario